Hola, compañero,
En esta newsletter vamos a detenernos en una idea que me ronda la cabeza desde hace tiempo y que, cuanto más trabajo en baloncesto profesional, más clara tengo: sabemos muy poco de lo que realmente ocurre durante una temporada competitiva en jugadores profesionales. La razón es sencilla: hay muy pocos estudios hechos en contextos reales y, cuando aparecen, merece la pena analizarlos con calma.
En este caso, vamos a analizar un artículo de González et al. (2013) que me llamó especialmente la atención porque se desarrolla dentro de un equipo NBA y compara la evolución del rendimiento entre jugadores con muchos minutos de juego y jugadores con pocos minutos a lo largo de la temporada. No hablamos de titulares o suplentes en sentido táctico, sino de carga competitiva real medida en minutos acumulados.
El contexto en el que se mueven estos jugadores ya nos da una idea de la magnitud del problema. Más de 80 partidos de liga regular en algo más de cinco meses, entre dos y cinco partidos por semana, viajes constantes, cambios de huso horario y, en muchos casos, entrenamientos dobles. Cabría incluso plantearse si, en un entorno tan extremo, se podría rozar el sobreentrenamiento, algo poco habitual en deportes colectivos, pero que aquí empieza a tener sentido.
Los jugadores fueron evaluados mensualmente desde antes del inicio de la liga regular hasta una semana antes de terminarla, pero los autores solo utilizan la primera y la última medición. En la práctica, esto convierte el análisis en dos fotografías y no en una película completa de la temporada, por lo que desconocemos qué ocurre realmente en el proceso intermedio. Aun así, el valor de esta investigación es brutal, al ser un entorno totalmente real, en el baloncesto profesional.
Los resultados son, desde mi punto de vista, lo más interesante del trabajo. Los jugadores con mayor carga competitiva consiguen mantener su masa corporal y mejorar la potencia de salto, además de conservar el tiempo de reacción. En cambio, los jugadores con menos minutos pierden masa corporal y empeoran las variables asociadas a la potencia de salto. Ambos grupos mejoran la potencia en la sentadilla, lo que refuerza una idea que todos hemos visto en la práctica: mejorar en el gimnasio no garantiza mejorar en gestos específicos como el salto.
Aquí aparece un mensaje muy potente. Parece que el estímulo competitivo tiene un papel clave en la preservación de la masa muscular y en determinadas mejoras del rendimiento. Cuando la carga de competición baja de forma importante, como ocurre en jugadores con pocos minutos en ligas tan exigentes, puede producirse una pérdida de masa muscular que repercute en el peso corporal total. Esto va a ser mucho más determinante en ligas con doble o triple jornada, y no tanto en ligas domésticas con un partido semanal.
Otro aspecto llamativo es la percepción de fatiga. Los jugadores con menos minutos manifiestan una fatiga más acentuada que los que juegan más, algo que no se explica por la carga física, ya que entrenan y viajan de forma similar, y juegan menos. Los autores sugieren que el componente psicológico, ligado a la insatisfacción por no jugar, podría amplificar esa sensación de fatiga.
Nuestra reflexión va más allá de este artículo concreto. Consideramos que no es adecuado ni útil seguir comparando estudios realizados en deportistas jóvenes o universitarios con lo que ocurre en el alto rendimiento profesional. Los contextos, los estímulos y la historia de entrenamiento no tienen nada que ver. Si queremos mejorar a jugadores que ya están en niveles muy altos, necesitamos evidencia generada en ese mismo nivel, aunque sea imperfecta y llena de limitaciones.
La semana que viene, volvemos a leernos 🙂
Un abrazo.
Álvaro y Jaime.
